Nosotros


Historia de los Acólitos 

Desde los primeros siglos de la Iglesia se acostumbró a dar el nombre de acólitos a aquellos jóvenes que aspirando al ministerio eclesiástico se dedicaban a acompañar y seguir a los obispos, tanto para servirles en clase de pajes, como para llevar y traer las cartas o epístolas que recíprocamente se escribían y en las cuales se consultaban a veces las cosas más graves de las Iglesias por cuya razón el cargo de acólito requería grandisima fidelidad, que más de una vez pusieron a prueba los gentiles consiguiendo por desgracia profanar los misterios cristianos y que triunfasen sus imposturas y calumnias contra los obispos prevaliéndose del testimonio de los malos acólitos. También recogían antiguamente las ofrendas de los fieles que se bendecían durante la misa y acabada ésta se entregaban a los diáconos y presbíteros para su distribución.
Algunos autores, entre ellos el docto Tomasino, sostienen que en la iglesia griega jamás se conocieron los acólitos. Pero otros, con el P. Goar, defienden la opinion contraria apoyados en el testimonio de San Dionisio , San Ignacio mártir, de San Epifanio, en los concilios de Laodicea yAntioquía, en las novelas de Justiniano y en la autoridad de Focio y añade que los griegos modernos tienen hoy acólitos con el nombre deceroferarios.
Todos, sin embargo, convienen en que la iglesia latina los tuvo, según hemos dicho, desde los primeros tiempos. En Roma se conocieron tres clases, a saber:
  • palatinos, servían al papa en su palacio
  • estacionarios, estaban adscritos al servicio de alguna iglesia particular
  • regionarios, seguían y acompañaban a los subdiáconos ayudándoles en las funciones de su ministerio que ejercían en los distintos cuarteles de la ciudad.1


Funciones

El ministerio del acólito es reconocido por la colación o institución por parte del obispo, aunque este ministerio en la práctica se realiza normalmente por acólitos "extraoficiales", es decir, no instituidos. Normalmente se instituye como acólito a los candidatos a las sagradas órdenes del diaconado y del presbiterado, aunque el ministerio puede ser ejercido por laicos (la condición de clérigo se recibe con la ordenación de diácono). Según el código de derecho sólo podrán ser instituidos diáconos "varones laicos" aunque el ejercicio de ese ministerio no les da derecho a remuneración por parte de la Iglesia católica (cf. CDC 230).
Sus principales funciones concretas son:
  • Distribuir la comunión cuando faltan los ministros por algún motivo o cuando el número de los comulgantes es demasiado elevado.
  • También en circunstancias especiales puede exponer y reservar el Santísimo Sacramento pero no dar la bendición eucarística.
  • Instruye a monaguillos y otras personas que ayudan en el servicio del altar.
De acuerdo con el Código de Derecho canónico, los candidatos al sacerdocio deben ser instituidos acólitos con, al menos seis meses de antelación a la ordenación diaconal.
Tiene funciones equivalentes al acólito el ministro extraordinario de la comunión.


Monaguillos

Grupo de monaguillos.
Aunque el término acólito se usa también para referirse a quienes ayudan en el altar sin haber sido instituidos, las expresiones "monaguillo" o "servidor del altar" son más precisas, para evitar confusiones. Es habitual que el ministerio del altar sea ejercido por niños, llamados en este caso monaguillos, con la única diferencia de que éstos no pueden dar la comunión, por su edad. El hecho de que sea lo habitual no significa que sea un ministerio para niños, sino que puede ejercerlo sin institución cualquier cristiano que ha recibido la primera comunión. La institución del ministerio es sólo para varones que completaran la iniciación católica.
La palabra monaguillo proviene de monjes pequeños, en Italia son conocidos como chierichetti o pequeños clérigos, en catalán escolans y en Alemania ministrantes. Se prefiere la palabra acólito, reservando el vocablo "monaguillo" para los ministros extraordinarios o de hecho, es decir que no han sido nombrados solemnemente y no pertenecen a un "colegio" de acólitos o que ejercen estas funciones de forma esporádica.
Los monaguillos son “acólitos de hecho”, que sin haber sido instituidos en el ministerio de acólitos, lo ejercen más o menos establemente en las celebraciones comunitarias.
Las funciones que estos monaguillos pueden desempeñar son:
  1. Atender al servicio del altar.
  2. Ayudar al obispo, al sacerdote y al diácono.
  3. Prestar su servicio en las diversas procesiones, por ejemplo con la cruz, los cirios, el incienso o el Misal.
  4. Atender en el ofertorio a la recogida de los dones.




San Tarcisio

Nuestro Señor Jesucristo, en la Última Cena, habiendo amado a los suyos hasta el extremo, instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y su Sangre, para perpetuar por los siglos el sacrificio de la Cruz y la fuerza renovadora de la Resurrección.

Este es el Misterio de la Eucaristía, El Misterio grande de la Presencia Real de Jesús en medio nuestro. Nuestra fe confiesa que, bajo las especies sacramentales está verdadera, real y substancialmente Cristo entero con su Cuerpo y con su Sangre, con su alma y con su divinidad.

A lo largo de la historia, muchos han dado testimonio de su amor a Jesús presente en la Santa Eucaristía, uno de ellos es aquel pequeño acólito romano llamado Tarcisio, que es para todos nosotros un ejemplo de vida y un ejemplo para el servicio que realizas en el altar.

Los que, por un llamado generoso de Dios, sirven como acólitos en la Santa Misa deben conocer, imitar y seguir el ejemplo de San Tarcisio. Como nos cuenta la historia, él fue un pequeño acólito que, lleno de amor a Jesús, dio su vida por la Eucaristía. Él, con ánimo generoso se ofreció para servir a sus hermanos que sufrían en la cárcel y que estaban a punto de derramar su sangre por Jesucristo.

Amor, servicio, generosidad, entrega, son algunas de las cualidades que este pequeño santo nos invita a vivir de manera urgente. El mismo nombre de nuestro pequeño patrono es ejemplo para nosotros: Tarcisio significa ?Valeroso?. Como no acoger hoy la invitación de la vida de san Tarcisio, que nos llama a servir con generosidad y a llevar un testimonio ?valiente? de nuestro encuentro con Jesús que llena de ?verdad? nuestra vida.

Recordemos un poco de su vida: San Tarcisio era un acólito o ayudante de los sacerdotes en Roma. Después de participar en una Santa Misa en las Catacumbas de San Calixto fue encargado por el obispo de Roma, el Papa, para llevar la Sagrada Eucaristía a los cristianos que estaban en la cárcel, prisioneros por proclamar su fe en Jesucristo. Por la calle se encontró con un grupo de jóvenes paganos que le preguntaron qué llevaba allí bajo su manto. Él no les quiso decir, y los otros lo atacaron ferozmente para robarle la Eucaristía. El joven prefirió morir antes que entregar tan sagrado tesoro. Cuando estaba siendo apedreado llegó un soldado cristiano y alejó a los atacantes. Tarcisio le encomendó que les llevara la Sagrada Comunión a los encarcelados, y murió contento de haber podido dar su vida por defender el Sacramento y las Sagradas formas donde está el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
El libro oficial de las Vidas de Santos de la Iglesia, llamado ?Martirologio Romano? cuenta así la vida de este santo: ?En Roma, en la Vía Apia fue martirizado Tarcisio, acólito. Los paganos lo encontraron cuando transportaba el Sacramento del Cuerpo de Cristo y le preguntaron qué llevaba. Tarcisio quería cumplir aquello que dijo Jesús: ?No arrojen las perlas a los cerdos?, y se negó a responder. Los paganos lo apalearon y lo apedrearon hasta que exhaló el último suspiro, pero no pudieron quitarle el Sacramento de Cristo. Los cristianos recogieron el cuerpo de Tarcisio y le dieron honrosa sepultura en el cementerio de Calixto?.

El Papa San Dámaso escribió para todos los que se acercaran a la tumba de San Tarcisio, y para ti que compartes su mismo apostolado estas hermosas palabras: ?Lector que lees estas líneas: te conviene recordar que el mérito de Tarcisio es muy parecido al del diácono San Esteban, a ellos los dos quiere honrar este epitafio. San Esteban fue muerto bajo una tempestad de pedradas por los enemigos de Cristo, a los cuales exhortaba a volverse mejores. Tarcisio, mientras llevaba el sacramento de Cristo fue sorprendido por unos impíos que trataron de arrebatarle su tesoro para profanarlo. Prefirió morir y ser martirizado, antes que entregar a los perros rabiosos la Eucaristía que contiene la Carne Divina de Cristo?.

San Tarcisio dio su vida por Jesús presente en la Eucaristía, no porque fuera un pequeño ?superman?, sino por el reconocimiento de su amor. La gracia de Dios, que llenaba todo su ser, le había permitido reconocer el amor infinito de Jesús por su vida, por su destino, por su felicidad. Jesús, había comprendido el pequeño santo, era el sentido de su vida, el tesoro de su corazón. Ojalá también todos vivamos de esta certeza que brota del corazón del Misterio: Dios nos ama y nos invita a participar de su amor.