Persecución y Consolidación

Nerón
LA PRIMERA PERSECUCIÓN.


Durante el reinado del emperador romano Nerón, (54-68 d.C) tenernos el primer relato claro de la persecución de los cristianos cerca del año 67. El historiador romano Tácito en sus Anales, habla de dicha persecución debido a su "mortal superstición". Obviamente el emperador estaba aprovechando el descontento popular y la desconfianza hacia los cristianos, Su reticencia a mezclarse y su novedad, los marcaban como víctimas propicias de cualquier disturbio en el Estado.
Aparentemente no había por esas fechas ninguna legislación anticristiana. Eso vendría mucho más tarde. La hostilidad que causaban no venía de las autoridades, sino del pueblo. Medio siglo después, un gobernador romano en Asia Menor, Plinio, escribía con cierta perplejidad a su superior imperial, Trajano (98-117), preguntándole qué debía hacer con los cristianos. La respuesta imperial es muy reveladora: "no deben haber pesquisas contra esa gente, pero si son denunciadas y encontradas culpables, deberán ser castigadas". (Plinio, Cartas, libro 10,97).
No se da razón alguna para la persecución, excepto que eran "una contagiosa y obstinada superstición". Los informantes, especialmente los anónimos, eran desanimados por "no ser en absoluto acordes con el espíritu de la época".
Otra faceta de la persecución nos es proporcionada durante el camino al martirio y muerte en Roma por esos mismos años, del Obispo de Antioquía, San Ignacio (107 d.C.). Nos es difícil saber exactamente el porqué de ello. Tal vez fue traicionado por falsos amigos o tuvo enemigos en la misma Antioquía. En su camino a Roma escribió cartas a diferentes comunidades cristianas, de las cuales tenemos siete y nos permiten darnos cuenta del estado de la Iglesia al comienzo del segundo siglo.
Uno de los rasgos más impresionantes es el apasionado espíritu de amor por Jesucristo el deseo del martirio. Y muy a la par, encontramos la vigorosa defensa de la humanidad de Jesús, en contra de los que decían que tan solo "parecía humano", los llamados docetistas (del griego "apariencia")Llama la atención que es la humanidad de Jesucristo y no su divinidad lo que necesita defenderse.
Un aspecto final de estas cartas es que hablan del triple ministerio Episcopal, Sacerdotal y Diaconal, como algo ya establecido en la vida de la Iglesia. Esto significa que la Iglesia aún desde épocas tan remotas había desarrollado la estructura que no es familiar hoy en día.

LO NUEVO CONTRA LO VIEJO.
Cerca de 40 años antes, había ocurrido un evento de gran significado y tristeza: el año 70, Tito, hijo del emperador Vespaciano, había tomado y saqueado Jerusalén. Los acontecimientos tan vívidamente profetizados en los Evangelios (Mc. 13), habían tenido lugar. Esto significó, entre otras cosas el fin para siempre del Templo de los sacrificios, la deportación de los judíos a Jamnia en la costa marítima y la identificación del judaísmo con la mentalidad "farisaica", concepto que algunos cristianos que aún hoy en día se consideran tanto judíos como cristianos, no pueden compartir. Fue tal vez para animar a esa gente que la carta a los Hebreos fue escrita.
El saqueo de Jerusalén marcó una nueva relación entre judíos y cristianos, debido en parte por la creciente intransigencia del lado judío, expresada como la "maldición de los cristianos", y los cristianos mismos o algunos de ellos, comenzaron a cuestionar el concepto en el que descansa el Nuevo Testamento de que el Cristianismo es continuación del Judaísmo, como una túnica sin costura.
Aunque San Pablo insistió en la identidad del Dios que creó el Universo y el Dios que los salvó, entre el Dios de la Ley y del de la Gracia, también insistió en la novedad del Evangelio que predicaba: la salvación descansa no tan solo en las obras hechas bajo la Ley, sino en la inmerecida Gracia de Jesucristo (Rm.3,28).
Este énfasis en la novedad del Cristianismo en comparación tanto del Judaísmo como del Helenismo, especialmente del primero, condujeron a Marción (140 d.C) a formular una serie de paradojas en las que contrastaba el Antiguo Testamento con el Nuevo, con gran desventaja para el primero. Para él, el mensaje esencial debe ser buscado en las cartas de San Pablo y en el Evangelio de San Lucas, mañosamente editados de manera de suprimir todas las referencias favorables a la Creación o al antiguo orden de la Biblia.
Esta devaluación de la Creación y de gran parte de la Biblia, obligó a la Iglesia a esclarecer su posición: no solamente a formular su doctrina positiva acerca de la Creación y el valor permanente del Antiguo Testamento, sino también a la formulación del Canon, o sea la lista de los libros inspirados del Nuevo Testamento.
La baja estima de Marción por el orden creado fue compartido por otros pensadores de la época, que han sido clasificados como Gnósticos. Prominentes entre ellos fueron dos escritores: Basílides y Valentino. En vez de la versión Bíblica de la creación del hombre, los Gnósticos creían que el mundo material existía no porque Dios lo hubiera querido, como el Génesis lo enseña, sino por algún gran desastre ocurrido en el cielo, que había provocado la caída de las almas del cielo a la tierra. Para los Gnósticos la meta de la vida era recobrar el paraíso espiritual perdido. Bizarras como pueden parecernos estas enseñanzas y desligadas del evidente sentido de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, el gnosticismo debe haber llamado algo la atención en el espíritu humano ya que provocó un gran número de reacciones que insistían en la bondad esencial de la Creación.
Importante entre sus críticos fue San lrineo de Lyon (130-200 d.C). El venía del Este Griego, donde había sido discípulo del anciano Policarpo, Obispo de Esmirna, que murió en 156 d.C y que había sido a su vez discípulo del Apóstol San Juan.
No debe sorprendernos que con semejantes antecedentes, Ireneo pudiera lograr mucho partiendo del hecho de que él podía basarse (cosa que tal vez los gnósticos no) en la sucesión ininterrumpida de maestros y enseñanzas que se remontaban hasta los mismos Apóstoles.
La verdad era algo que no se puede lograr por especulación o por revelaciones privadas, sino que viene en una clara y abierta relación con los Apóstoles, sobre todo con San Pedro y San Pablo y desde ellos a través de sus sucesores. Ireneo fue el primero en formular la enseñanza de la sucesión apostólica de la doctrina. Pero también hizo otro gran servicio a la Iglesia: a él se debe, más que a ningún otro, que tengamos el presente Canon del Nuevo Testamento con sus cuatro Evangelios, Hechos de los Apóstoles y las Cartas Paulinas. Cierto es que la Iglesia tendría que esperar hasta San Atanasio (297-373) para formular los 27 libros del Nuevo Testamento y es conveniente recordar que la Iglesia pre-existe al Nuevo Testamento y que ella decidió de qué libros constaba.

LOS APOLOGISTAS DE LA IGLESIA.
El Siglo segundo fue una época tan importante como excitante para la joven Iglesia. Además de la lucha para articular su posición cara a cara frente al judaísmo y el gnosticismo y frente a las persecuciones esporádicas de los romanos, se "encontró" con el mundo Griego. Hay evidencias del choque con los griegos ya en el Nuevo Testamento, sobre todo en el cuarto Evangelio (ver Jn.l2,20). Ya hicimos referencia a la discusión entre San Pablo y los filósofos griegos en el Areópago (Hech.17,16-34). Pero el Nuevo Testamento fue escrito, de principio a fin "de fe en fe" y para los mediados del Siglo siguiente la iglesia se había extendido mucho más allá de los límites de Palestina y de las Sinagogas. Los límites del mundo conocido en aquel entonces, fueron sus propios límites. San Pablo expresó su intención de pasar por Roma "en su camino hacia España" (Rom. 1 5,28).
Fue imperativo para la Iglesia Misionera desarrollar una estrategia nueva y coherente para solucionar los problemas de la evangelización y los ataques a la joven Iglesia. Era acusada, sobre todo, de ateísmo, canibalismo e incesto. ateísmo por rehusarse a adorar a los dioses tradicionales de Roma, canibalismo por mal entender, lo que es compresible, la Eucaristía, e incesto tal vez porque aún los casados se llamaban entre sí "hermano" o "hermana".
De frente a tales ataques, era imposible que darse callados. Fue necesario defenderse y encontrarnos en este período un gran número de Apologistas, particularmente aptos para contrarrestar dichos ataques y al mismo tiempo, más positivamente, ofrecer al mundo pagano razones para escuchar el Evangelio.
Destacado entre los Apologistas fue San Justino Mártir (100-165). Natural de Siquem (actualmente Nablus) en Samaria, se convirtió al Cristianismo, a diferencia de sus predecesores, por la puerta de la filosofía griega y aún después de su conversión siguió considerando su fe, como "la verdadera filosofía" y usaba la túnica negra de los filósofos profesionales, una especie de toga universitaria o hábito monacal. Una de sus principales metas fue la de tomar cuanta filosofía pudiera y "bautizarla", pensando que hay una armonía básica entre las enseñanzas de Sócrates y las de Cristo. Para él, Sócrates fue un "cristiano antes de Cristo" (ver primera Apología, 1,46). De acuerdo con San Justino, todos tenemos las semillas del Verbo, del cual Cristo es la máxima expresión.
El generoso y filosófico enfoque de la relación de Cristo con la cultura no fue compartido por todos los cristianos. Tertuliano(160-225)en particular, prefirió acentuar la diferencia entre Cristo y Platón. En el capítulo 45 de su "Apologéticus", escrito en 197, hace el siguiente cuestionamiento: "¿Qué tienen en común el filósofo y el cristiano ... el ladrón de la verdad y su guardián?". A esta pregunta la respuesta, al menos implícitamente sería:"Nada en absoluto". Se apoyaba sobre todo en aquellos pasajes de la Primera carta de San Pablo a los Corintios en que insiste en la diferencia radical entre fe y filosofía. Sin embargo, a pesar de todo, la Iglesia debe a Tertuliano la creación de un vocabulario teológico con palabras como "persona" y "substancia" y expresiones que encontraron su camino hacia la fórmula del Papa San León Magno en su carta al Concilio de Calcedonia (451).
NUEVAS PERSECUCIONES.
En el año 202 estalló una violenta persecución en contra de los cristianos bajo el Emperador Septimio Severo. Fue el primero de los ataques a la Iglesia que tuvieron su clímax bajo Diocleciano en 303. los motivos que las desataron no están claros. lo que parece ser cierto es que vinieron de arriba y no de agitaciones populares como vimos sucedió bajo Nerón o Trajano. Visto desde ahora, retrospectivamente, nos parece que eran los espasmos de un monstruo moribundo llamado Imperio Romano. Es difícil también descubrir con qué intensidad fue conducido el ataque, con qué éxito o cuántos fueron de hecho los mártires.
En la persecución del 202 murieron en Cartago dos mártires femeninas, Perpetua y Felicitas. Tenemos un relato contemporáneo y conmovedor de su martirio. Fue en la misma persecución en donde Orígenes casi pierde la vida y San Clemente tuvo que escapar de Alejandría. Más tarde, en el mismo siglo, casi a 50 años, en la persecución de Decio, (250,251), el mismo Orígenes fue cruelmente torturado y casi muere.
Bajo Valeriano, en 258, San Cipriano, el Obispo mártir de Cartago, perdió su vida, y en 303 la "Gran Persecución" vió morir a muchos más por su Fe.Sin embargo, aunque muchos permanecieron firmes hasta el final, otros cayeron en la apostasía y presentaron un gran problema pastoral a la Iglesia: ¿podrían ser readmitidos en la comunión? Escribiendo a mediados del tercer siglo, San Cipriano en su "De los caídos" asume una posición muy severa, aunque al fin se inclina a la misericordia: aquellos readmitidos a la comunión deberán "rogar y orar asiduamente y pasar el día penando y la noche en vigilias y lágrimas". (sección 35). Otros, sobre todo en el norte de Africa, "La Iglesia de los mártires" con una tradición que se remonta hasta los Macabeos, fueron aún más severos que San Cipriano y tendrían mucho que padecer en el futuro por este hecho. El cisma meliciano en Egipto y los donatistas en el norte de Africa surgieron debido al problema de la dureza de algunos y la laxitud de otros.
"La luz de Cristo es el gran candelero. Quien quiera dar luz, que no se avergüence del candelero de madera".
San Agustín.

LA IGLESIA Y EL MUNDO.
Al mismo tiempo que ocurrían las persecuciones, otro movimiento estaba tomando lugar en Alejandría de muy distinta clase. Desde su fundación por Alejandro Magno en 331 a.C., Alejandría había sido una ciudad muy cosmopolita, rica y próspera, con una biblioteca famosa y una universidad. También tenía una buena proporción de colonos judíos, que ocupaban dos barrios de la ciudad. Ahí, tal vez, más que en ningún otro lugar, surgió el problema de lo que podemos llamar "inculturación". ¿Cómo debía ser la relación de los judíos y los cristianos con la cultura reinante?
Los judíos habían producido una versión del Antiguo Testamento en griego, llamada la Septuaginta dos siglos antes de Cristo. Más tarde un judío, Filón de Alejandría (25 a.C. al 40 d.C.), trató de mostrar la armonía entre la Biblia y el pensamiento griego, produciendo un vasto comentario en el cual usó un método de exponer las Escrituras conocido como, "alegoría". Él asumió (y después de él sus imitadores cristianos), que bajo el normal e histórico sentido del texto inspirado, hay otro significado más profundo. Podemos encontrar huellas de este método en el Nuevo Testamento, en la alegoría de la vid en Jn.15 y en el tratamiento de San Pablo del Antiguo Testamento en 1 Cor. 10, 11.
Este medio cultural fue bienvenido por parte de algunos cristianos, aunque no por todos. Importante entre los inculturadores fue San Clemente de Alejandría, un ateniense convertido al Evangelio en el último tercio del siglo segundo. Sus más importantes escritos llegados a nuestros días, "Protreptikos" o invitación a la Filosofia, "Paedagogus" o El Maestro y "Stromateis" o Misceláneas, están llenos de cultura griega. Estaba decidido a mostrar que había lugar en la Iglesia para la cultura griega. Aunque insistiendo en la superioridad de la fe respecto de la filosofía, también insistía en la continuidad de la cultura secular y aquella de la palabra de Dios.
ORIGENES
En comparación con San Clemente, su sucesor orígenes (185-254), es un gigante. Fue el primero en intentar una explicación sistemática de la Fe Cristiana en su gran trabajo dogmático "De Principiis" (Tratado de los Principios), completado poco antes de dejar Alejandría para ir a Cesarea en Palestina en 231. Ofreció su sistema como un tributo a aquellos que quisieran ir con él más allá de los primeros artículos de la Fe a buscar su mutua coherencia en bases filosóficas.
En el principio de su cuarto volúmen, discute la naturaleza de Dios y se distancia de todos aquellos que tenían una cruda imagen humana y materialista de Dios. Bastaría con Orígenes para "desmitologizar" las imágenes que tenemos de Dios. Para Orígenes, Dios es aquel que describe en el primero de los 39 artículos: no tiene cuerpo, partes o pasiones. Habiendo purificado nuestra imagen de Dios, nos quedamos con la idea de un puro y simple intelecto, al mismo tiempo Creador y Padre Eterno del Hijo, que es desde la eternidad engendrado por Él. En este sistema altamente abstracto, podemos discernir las semillas del Credo de Nicea, un siglo después, con la insistencia de la eterna generación del Hijo.
No fue tan solo la teología sistemática la única contribución de Orígenes al pensamiento de la Iglesia. Hacia el fin del Tratado de los Principios, Orígenes nos ofrece una ayuda para comprender aquellos pasajes difíciles tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, a partir de los cuales Marción había construido su tesis. No sorprende que lo encontremos defendiendo la alegoría, invocando la autoridad de San Pablo.
También tuvo gran influencia en otras áreas. Insistió en contra de los Gnósticos en la importancia vital de la libertad como una condición de la posibilidad de la virtud. En contra de los Montanistas;un grupo nacido en 173 en Turquía que ponía gran énfasis en la importancia del éxtasis Orígenes argumentó que la presencia del Espíritu Santo era siempre llena de paz y luz (Tratado de los Principios 3.3.40). Esta doble insistencia en la libertad y en la inteligencia como de primera importancia en la vida cristiana tuvo una gran influencia en la subsecuente espiritualidad. La visión de Orígenes es de luz y libertad; en él no hay lugar para el "entusiasmo" por un lado y pasividad por otro.
No solamente proporcionó Orígenes a las siguientes generaciones un esquema muy útil para la interpretación de las Escrituras, también compuso una serie de homilías y de comentarios de todos los libros del Antiguo y muchos del Nuevo Testamento. En ellos se puede ver al ardiente estudioso convertido en pastor. Es capaz de extraer de los más insípidos pasajes de Josué o del Levítico provecho espiritual. Podemos igualmente en ocasiones ver algo de la devoción de Orígenes por Jesús, combinada con una menos rígida adhesión a los principios de la teología enunciados en sus más fuertes escritos teológicos. En estas dos vertientes tiene algo en común con su único rival en la primitiva Iglesia: Agustín de Hipona (354-430).
UNA IGLESIA QUE CRECE.
Ya a la muerte de Orígenes en 254, la Cristiandad había hecho avances asombrosos desde sus humildes comienzos en Palestina: contaba con numerosas comunidades en todas las costas del Mediterráneo. El Evangelio había llegado hasta Inglaterra antes del principio del siglo cuarto, al menos cien años antes de que San Agustín de Kent llegara en 597. Tenía ya en 254, sus Libros Sagrados, su Jerarquía, una teología en desarrollo, un glorioso registro de sus mártires y una posición definida frente a los judíos y los griegos.
Otras dos cosas florecieron en el campo del Evangelio en aquellos tiempos:
1- Una creciente conciencia de la importancia del Obispo de Roma.
2- El principio de la vida monástica.
1. Siendo Roma la capital del Imperio, fue de lo más natural que la Iglesia en Roma tuviera la primacía sobre las demás. Pero aparte y por encima de estas razones políticas, podemos ver su preeminencia conectada desde mucho antes con las muertes de San Pedro y San Pablo durante la persecución de Nerón en el año 67.
No fue por tanto debido simplemente al Imperio Romano que los obispos de Roma tuvieron la primacía, sino a la sangre de los Apóstoles, en especial la de San Pedro. En apoyo a esta aseveración, encontramos que Esteban, Obispo de Roma en 256, basándose en San Mateo 16,18 "Tú eres Pedro" sale en defensa de sus prerrogativas en contra de Cipriano de Cartago (ver Cipriano, "De la Unidad de la lglesia"4).
2. Por el mismo tiempo un movimiento de muy diferente clase estaba tomando forma en Egipto. En 270, un joven llamado Antonio escuchó en la Iglesia las palabras de Cristo al joven rico, "Anda, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y ven y sígueme" (Mt. 19,2l).
Tan conmovido se sintió, que habiendo vendido sus propiedades y provisto lo necesario para su hermana, se retiró al desierto en busca de D¡os. Su acción es considerada como el principio de la vida monástico, que tomó fuerza bajo Constantino y sus hijos y se extendió más allá de Egipto. Su éxito se debió a dos factores: fue apoyada por la creciente importancia de la Iglesia en el mundo, resultado de la conversión de Constantino y más tarde por la inmensamente popular "Vida de Antonio" escrita por San Atanasio en 356.

CISMA Y HEREJIA
La última persecución de la Iglesia en gran escala tuvo su fin en 311 con el Edicto de Tolerancia y un año después con la conversión de Constantino. Naturalmente el emperador miraba a la Iglesia unida a sí mismo por lazos especiales y llegó a pensar de la relación Iglesia-Estado de una manera distinta que sus predecesores habían pensado del Estado y la Religión.
Una Iglesia ordenada y pacífica, era la garantía de un Imperio ordenado y pacífico. Pero por desgracia para esta visión existían en la Iglesia elementos que amenazaban la armonía: el Arrianismo y el Donatismo.
Donato y sus seguidores sostenían que haber renegado del Cristianismo durante la persecución de Diocleciano, era no solamente un pecado muy grave, sino que descalificaba a aquellos que lo habían hecho para ser miembros de la Iglesia y si eran sacerdotes, del poder de administrar los Sacramentos. Esta posición extrema condujo al cisma de la Iglesia del Norte de Africa en 311 con la elevación de Ciciliano a la sede de Cartago.
No solamente Ciciliano había fallado como Archidiácono en dar la debida reverencia a los mártires, sino que había sido consagrado por Félix, el Obispo de Aptung, que había sido acusado (falsamente por cierto) de haber entregado los Libros Sagrados durante la persecución.
El emperador trató, sin éxito, de enmendar el cisma y el Sínodo de Arlés en 314 condenó a Donato, pero eso no terminó con el cisma, que dominó el norte de Africa por medio siglo hasta 411.
La intervención de Constantino en los asuntos puramente dogmáticos, tampoco fueron exitosos. Por el año de 319, Arrio, un presbítero de Alejandría, había causado alarma y división afirmando que Cristo no era totalmente divino. Era una criatura "pero no como otras criaturas". La popularidad de Arrio y su peligrosidad, pudieron haberse debido a que popularizó sus puntos de vista en versos que podían "ser cantados en el mar, en el camino y en el molino". Estas ideas eran en cierta manera conservadoras y podían basarse en algunos textos de la Escritura como Prov. 8,22 y Col.l,,15 que tratan al Hijo como criatura. Pero falló al no hacer justicia ni a la piedad popular ni a la comprensión de la persona de Cristo y su misión redentora, que habían sido aceptadas desde los escritos de San Ignacio de Antioquía.

El CONCILIO DE NICEA.
Para restaurar en cierta medida la armonía en la Iglesia, el Emperador tomó la decisión sin precedentes de convocar a Concilio a unos 220 Obispos en mayo de 325. El mismo Constantino asistió, ataviado con corona y ropas de púrpura. Parecía tan impresionado por la situación como los mismos Obispos y al principio no sabía si debía permanecer de pie o sentarse, hasta que le hicieron la seña de que tomara asiento. Se reunieron en Nicea y además de condenar a Arrio, produjeron el Credo de Nicea.
Este Credo, que es la base del Credo de la Eucaristía, afirma que el Hijo es "consubstancial al Padre, Dios de Dios, Luz de Luz". Dos obispos que se resistieron ante la presión imperial fueron mandados al exilio. Aparentemente la paz había sido restablecida, pero bajo los hijos y sucesores de Constantino, esa paz fue ilusoria y efímera. Cincuenta años de luchas siguieron y en un momento pareció que la facción condenada en Nicea, sería reinstalada. Los emperadores encontraron que no era tan fácil como habían pensado, tratar a la Iglesia como una parte de su muy eficiente sociedad civil.
"Como hay muchas clases de persecución, así también hay muchas clases de martirio. Cada día eres testigo del martirio de Cristo".
San Ambrosio.

Marco Aurelio Vitrubio

Agustino Recoleto, Colombiano. Colaborador de la plataforma Monaguillos Católicos e impulsador de su constante actualización en noticias y en artículos de interés para todos los que nos dedicamos al culto divino, su estudio y su fiel práctica.

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